Bora Bora: El Paraíso.

La laguna de aguas cristalinas con todos los tonos imaginables de azules, verdes y violetas;  la barrera de coral;  bucear rodeados de peces de colores y mantas;  navegar por los Mares del Sur.  En contra sólo las 24 horas de viaje: Madrid-París-Los Ángeles- Tahiti-Bora Bora. Lo pusimos en la balanza y… destino Bora Bora.

No puedo explicar con palabras lo que sentí, cuando ví desde el avión la isla, pero recuerdo que pensé: hemos acertado.

Bora Bora desde el avión

Al llegar al aeropuerto una lancha nos esperaba para llevarnos al hotel elegido, en nuestro caso el Bora Bora Pearl Beach, y en esos 20 minutos de trayecto supe que nunca iba a querer marcharme de allí.

Los bungalows sobre la laguna con su propio embarcadero; mesas, mesitas y bañera con fondo de cristal para ver los peces de colores tanto de día, como de noche; la cama llena de flores con una leyenda que te explica su significado, todas las noches. Y un ventanal inmenso por el que desde la cama, esto es lo que ves:

Vistas desde la cama del bungalow

Las cosas que más me gustaron, dentro de lo difícil que es no decir todo:

  • Llegar a vela en el catamarán de Christoph a la barrera de coral.  Zambullirnos en el agua y bucear con los miles de peces de colores que durante media hora nos acompañaron hasta donde la fuerte corriente nos arrastró.  A nosotros y a la barquita que hizo el mismo trayecto que nosotros ella sola y, que luego nos llevaría de vuelta al catamarán fondeado.
  • Bucear con las mantas. Por más que sepas que se alimentan solo de plancton y por lo tanto no son peligrosas, cuando abren su enorme boca, pones en duda todos tus conocimientos.
  • La inmensa ternura de las “Mamas” y como confeccionan los cestos con hojas.
  • La cena en el Bora Bora Yacht Club.
  • La puesta de sol, navegando por los Mares del Sur.
  • Los maravillosos desayunos a las 6 de la mañana, con el sol ya calentando y sin prisas, planeando el día.
  • El mahi mahi para cenar.

Lo que menos, nadar con los tiburones. Por más que me aseguraron que no era peligroso, no me resulto agradable y estuve muy nerviosa. Y los viajes de placer son para disfrutar, no para sufrir. Es lo único que no repetiría.

Cualquiera de estas cosas merece un post individual y lo tendrán. Pero hoy me quedo con el recuerdo de la inmensa sonrisa de sus habitantes y una palabra preciosa: MAEVA 

Maeva a Bora- Bora,  Maeva al paraíso.

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